DE LOS INDIGNADOS ESPAÑOLES

  • No es crisis es estafa
  • Cría ricos y te comerás sus crisis
  • Si no salimos en los periódicos saldremos en los libros de historia
  • Me gustas democracia porque estás como ausente
  • Ya tenemos el sol, ahora la luna
  • El pueblo reflexiona, por eso está en la calle
  • Te oigo quejarte en casa, sal a la calle a que te oigan
  • La única causa de la pobreza es la riqueza
  • Precaución, ciudadanos pensando.
  • Nuestros sueños no caben en vuestras urnas.
  • No somos ilusos somos ilusionistas

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miércoles, 13 de noviembre de 2013



VIOLETA PARRA
Violeta del Carmen Parra Sandoval, entre cantos, poesía, sones y pasiones se transformó enamoradamente en nuestra querida VIOLETA PARRA, hermana de Nicanor y madre de Ángel e Isabel. Savia de juglares que junto a Víctor Jara, Patricio Manns, Los Quilapayún, Inti Illimani y tantos otros supieron cantarle a la esperanza del hombre nuevo nacido de las entrañas del Chile mineral, de los valles verdes de los Andes y de la valiente alegría de los estudiantes.  En VIOLETA la fascinación no se agota en su obra, vinculada a lo más sentido y querido del folclore y la canción popular. Es fundamentalmente su trayectoria humana el paradigma de la odisea de la mujer latinoamericana por conquistar un espacio en la sociedad, tanto en lo relativo a la esfera personal, en lo político, y fundamentalmente en lo intelectual. Al reconocimiento de su rol precursor en el desarrollo de la llamada “Nueva Canción”, se ha ido agregando en los últimos años una actitud de comprensión admirativa hacia el temple contestatario con el que enfrentó los dilemas del mundo que le tocó vivir; caracterizando esa inclaudicable impronta personal como una conducta combativa e ideológicamente coherente en el hacer y en el decir. Su desarrollo como artista se inserta paradigmáticamente, recorriendo el periplo que ha caracterizado a los artistas populares latinoamericanos, en los circuitos marginales de provincia y de los barrios urbanos. Y así, la encontramos incansable dando y recibiendo vida en peñas, plazas y mercados. Recitales improvisados donde las gentes se transforman en muchas voces que entonan una sola canción. Es Nicanor Parra, el hermano, el cantautor, quién ve en VIOLETA la mejor opción para acometer la empresa de rescatar la esencia del canto popular de profunda raigambre obrera y campesina. VIOLETA posee una sensibilidad casi ingenua y sobre todo un talento natural de sentir en la piel los dones del amor. Es en esa tarea que VIOLETA asume su tarea de recopiladora del folclore chileno y sus raíces, insertándose vivencialmente en el proceso cultural en el cual se entretejen y reproducen prácticas de vida, formas de comportamiento social, actitudes frente al amor, al trabajo, al engaño y al desengaño. Su proyecto mayor, ya internacionalmente reconocida y aplaudida, fue la instalación de una gran carpa en la zona santiaguina de La Reina, orientada al logro de la creación de una particular universidad de la cultura popular, que incluía cursos de folclore, de composición musical, artesanía, danza y cocina autóctona. Allí, “La Peña de los Parra” se convertiría rápidamente -a partir del triunfo de la revolución cubana que estimula un entusiasta proceso de reformulación y cambios políticos del continente, y de revalorización de las expresiones culturales populares-, en el punto de reunión y espectáculo de las mejores voces latinoamericanas. Por primera vez la “Nueva Trova” sale de la Habana para recorrer con su canto libertario, de las manos de los Parra, las floridas sendas de La Alameda. En el periodo que va desde 1961 a 1967, el año de su muerte, VIOLETA PARRA produce su obra más personal y distintiva. “Gracias a la vida” y “Volver a los 17”, se transformaría con el correr del tiempo en su legado para las futuras generaciones que hoy reconocen en ella y en su obra la entidad de Gabriela Mistral y la continuidad poética de Pablo Neruda.

martes, 30 de julio de 2013

CARLOS MARX  
                                   ¡En el principio fue la acción!  Goethe

Estaba muerto. Sepultado. Fuera de época. “Demodé”
Pero no, parece que no era así. Parece que sigue vivo en la realidad de las cosas. En Europa, en América y en todo el mundo.
El hombre que dijo “nada de lo humano me es ajeno”, que advirtió en 1848  que “un fantasma recorre Europa”, frente al cual los poderosos del momento temblaban.
El hombre que descubrió la esencia del trabajo asalariado y de la explotación del obrero por parte del patrón o capitalista. El que con las palabras “plusvalía” y ¨plustrabajo” corrió el velo místico  del carácter “humanitario” de la propiedad privada sobre los medios de producción, producto del robo de horas de trabajo impagas a los asalariados.
El que en 1844, hace más de 150 años, nos dice que “la sociedad es la unidad esencial, plena del hombre con la naturaleza, la verdadera resurrección de la naturaleza, el naturalismo consumado del hombre y el humanismo consumado de la naturaleza” . Es decir que el hombre no puede vivir fuera de su relación con la naturaleza, y hoy frente al glifosato, los pools de siembra que generan transgénicos cancerosos, que talan bosques solo para obtener pingües ganancias, frente al hacinamiento de millones de seres condenados a comer basura cobra una importancia trascendental para el futuro del género humano.
Ese hombre está más vivo que nunca.
Carlos Marx nació en Tréveris, Prusia en 1818 y falleció en Londres en 1883. En la universidad estudió derecho, pero sobretodo historia y filosofía.   A partir de enero de 1842 escribe en el periódico La Gaceta del Rin y luego pasa a ser redactor jefe. Pero el gobierno reaccionario lo clausura al año siguiente, luego de someterlo a la censura. Sé trasladó a París con la idea de tomar contacto con sectores hegelianos de izquierda, pero luego que fuera expulsado de allí fijó su residencia en Bruselas. Ya estaba casado y en contacto con Federico Engels, su amigo y compañero de toda la vida.
El 1847 ambos se afilian a la organización secreta La liga de los Comunistas. En el II Congreso de la Liga se les encomendó la redacción del Manifiesto Comunista, que ve a luz en febrero de 1848.
Su condición de vida como inmigrante en distintos lugares de Europa se hizo muy difícil y de no ser por la ayuda de Engels no hubiera podido escribir su obra máxima El Capital (Das Kapital en alemán). Participó y escribió sobre distintos procesos revolucionarios en Europa, ya que no solo era un teórico sino principalmente un revolucionario y actuaba como tal.
El Capital escrito en varios tomos es un análisis profundo y pormenorizado de la génesis del capitalismo de su época y de su transformación en sistema social dominante que aún nos rige. En sus trabajos dejó en claro que el capitalismo es solo una etapa en la historia de la humanidad, que no es un hecho natural que “surge espontáneamente”, sino que parte de determinadas leyes económicas y que su fin es inevitable. Fue Lenin quien explica las condiciones sociales para llegar al fin del capitalismo por medio de la acción revolucionaria que luego llevó adelante, instaurando un nuevo sistema social, el socialismo, desvirtuado a los pocos años, con su muerte, por el encumbramiento del estalinismo en la Rusia de principios del siglo XX.
Marx dejó una profunda huella, aún vigente y hoy, cuando los agoreros del neoliberalismo de los ’90 hablaban del fin de la historia y de que el marxismo estaba acabado, la realidad de la crisis internacional que provocó el derrumbe bancario en EEUU, y los miles y miles de desocupados en Europa nos muestra que no es así. Como decía él, la historia se mueve como un topo, a veces no se la ve, pero surca por debajo, entre raices y rocas, marcando caminos subterráneos, para surgir donde menos se la espera.
Nuestra América que fue asolada por sangrientas dictaduras expresó con Mariátegui el concepto necesario para aplicar aquí, creadoramente, sin copiar, las ideas de Marx. Dijo el Amauta “el socialismo es creación heroica de los pueblos”. Toda nuestra historia del siglo XX así lo certifica y en lo que va del presente siglo, los gobiernos progresistas que hoy se encuentran en muchos países del continente  pueden ser la puerta necesaria para avanzar hacia una sociedad sin explotados ni explotadores, sin miseria, hambre, desnutrición y profundamente democrática.
Solo nos falta que las palabras finales del Manifiesto Comunista “Proletarios del mundo uníos” se amplíen y los trabajadores fabriles, campesinos, intelectuales, estudiantes, gente de buena voluntad se unan para derrotar definitivamente a la lacra que basa su existencia en el robo a los que menos tienen, las oligarquías locales y el gran capital 

lunes, 6 de mayo de 2013


FEDERICO

Escasamente a un mes del alzamiento de los falangistas contra la joven República Española un automóvil se estaciona a unos metros de la casa de la familia Rosales. Descienden cinco hombres fuertemente armados. Golpean la puerta. Doña Esperanza Camacho de Rosales se asoma. Tengo orden de detener a García Lorca, que ustedes tienen aquí escondido, sentencia Ramón Ruiz Alonso, quién a todas luces comanda la pandilla. El poeta que esta en su habitación, baja las escaleras. –Esto es un error...un abominable error. Vamos, responde Alonso. El automóvil se aleja del número uno de la calle Angulo. Era el 16 de agosto de 1936, en la ciudad de Granada. El 19, mil panderos de cristal hieren la madrugada. Un cerrojo que se abre, unos gritos, un saco en la cabeza, calor, mucho calor. El tiempo se para, lo empujan, cae al suelo, como el toro de las cinco en punto de la tarde. El poeta se refleja en el amanecer granadino, quizás aceptando su destino. Manos atadas. Disparos que revientan la vida ahogando los sonidos de la noche. Un cadáver eterno está en una cuneta. Mientras lloran inconsolablemente por la estupidez humana, la constelación de carne y huesos es observada por las estrellas sumidas en duelo.  Risas, tal vez un ultimo trago de algún vino barato. Festejemos, acabamos de matar a Federico García Lorca. Venga, joder, que yo le metí dos tiros en el culo por maricón. Sin juicio, sin ninguna acusación comprobada, sería asesinado a los dos meses de haber cumplido treinta y ocho años - junto a dos banderilleros y un maestro-, el poeta, el dramaturgo, el director teatral, el escenógrafo, el artista plástico, la voz y la pluma de España, el muy nuestro querido Federico. Conocida la noticia, el mundo todo se levanta en grito. Desaparecen el cadáver para evitar que su tumba se transforme en sitio de veneración de un rojo, de un homosexual, de un republicano. Para evitar que la rosa grana cubra a perpetuidad el frio mármol de la lacerante muerte. Ni siquiera una sepultura -y quizás sea mejor-, los cementerios tienen muros que solo sirven para coartar la libertad de los que allí moran. Muerto e inmortal. Los que le quitaron la vida se la dieron para siempre. Los versos de Federico perduran volando en verdes vientos, anidando en floridas ramas, en el barco sobre la mar, cabalgan gallardamente sobre el caballo que al alba asciende la límpida montaña. Federico, indisciplinado, inmaduro, poderoso, alto, claro. Maldito poeta de los disidentes y los marginados, comunista sin dogma ni manual.  “En la luna negra/ de los bandoleros/ cantan las espuelas. Caballito negro/ ¿Dónde llevas tu jinete muerto? En la luna negra/ sangraba el costado de la Sierra Morena. Caballito negro/ ¡Que perfume de flor de cuchillo! En la luna negra/ ¡Un grito!/ y el cuerno largo de la hoguera” Caballito negro/ ¿Dónde llevas tu jinete muerto?

lunes, 3 de septiembre de 2012


PABLO NERUDA
Que nos importa a nosotros, a nuestros íntimos sentimientos, a la etérea sensibilidad de poder apreciar lo que no se ve, a la imperiosa necesidad de intentar alterar nuestros sentidos con  sentidos diferentes, que nos importa a nosotros que somos simplemente los unos y los aquellos, el saber que Pablo Neruda  nació en 1904 llamándose Ricardo Eliézer Neftali Reyes Basoaldo y que su papá se llamaba José y su mamá Rosa. Y que tanto nos importa saber que  fue Cónsul, Embajador, Senador, candidato a la presidencia de Chile, miembro del Comité Central del Partido Comunista, Premio Nobel de Literatura en 1971. Doctor Honoris Causa de la Universidad de Oxford. Generosamente, nos importa poco, porque en realidad la información no es más que la síntesis de su vida compromiso. Lo trascendental, lo sustancial, lo permanentemente vital, lo que subsiste, lo que se recrea a si mismo,  es  superlativamente su eterna Poesía. Es el Neruda vivo, aquel que puede ser amado todos los días. Es simplemente Nuestro Neruda.  Aquel que nos acompañó en nuestro primer amor, en nuestra primera lágrima del primer adiós.”Puedo escribir los versos mas tristes esta noche/ Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero/ Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido/ Porque en noches como esta la tuve en mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido/ Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y estos sean los últimos versos que yo le escribo”. Y Pablo es el militante poeta, el  que sufre descarnadamente, el que blande su puño de imágenes, el que consuela, el que pone voz a las voces, el que defiende Madrid. “Generales traidores: mirad mi casa muerta/ mirad España rota/ pero de casa muerta sale metal ardiendo/ en vez de flores/ pero de cada hueco de España/ sale España/ pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos/ pero de cada crimen salen balas/ que os hallarán un día el sitio del corazón.” Es la guerra civil española la que recrea su mundo y lo incendia, la que lo despierta a la acción necesaria, impostergable de asumir una identidad política. Es Madrid en llamas, es la república violada, la base de su convicción comunista. En el exilio de París, Picasso afirmaría que dos Pablos  le habían puesto con su sangre,  letra e imagen al heroico pueblo español, Neruda en su  “España en el corazón” y  él en  su Guernica. Pero el poeta es Chile, es América toda. El “Canto General” es el poema épico nacional chileno incorporado a uno más extenso que cabalga sobre todo el continente. Es la descripción de las luchas de clases, con muchedumbres en movimiento de asalto. Son fragmentos su autografía en la que acentúa su papel como uno más en el combate.”América no invoco tu nombre en vano/ Cuando sujeto al corazón la espada/ cuando aguanto en el alma la gotera/ cuando por las ventanas un nuevo día tuyo me penetra/ soy y estoy en la luz que me produce/ vivo en la sombra que me determina/ duermo y despierto en tu esencial aurora/ dulce como las uvas y terrible conductor del azúcar y el castigo/ empapado en esperma de tu especie/ amamantado en sangre de tu herencia.” El poeta sabe que no se pertenece, que nada de lo que tiene es suyo, que su vida  es simplemente parte de la vida de los otros. El poeta no le teme a la muerte, lo ha acompañado incansablemente, es conciente de su partida y también de su eterna presencia. “Dejo a los sindicatos/ del cobre, del carbón, del salitre/ mi casa junto al mar de Isla Negra/ Quiero que allí reposen los maltratados hijos/ de mi patria saqueada por hachas y traidores/ desbaratada en su sagrada sangre/ consumida en volcánicos harapos/...Hermano, ésta  es mi casa, entra en el mundo/ de flor marina y piedra constelada/ que levanté luchando en mi pobreza/ Aquí nació el sonido en mi ventana/ como en una creciente caracola/ y luego estableció sus latitudes/ en mi desordenada geología/ Tu vienes de abrasados corredores/ de túneles mordidos  por el odio/ por el salto sulfúrico del viento/ aquí tienes la paz que te destino/ agua y espacio de mi oceanía”.  Y finalmente, a quién le importa si Pablo Neruda murió en Santiago de Chile el 23 de septiembre de 1973, si él está con nosotros, con ellos, con todos,  y también con los que vendrán. Porque está parado frente al Palacio de La Moneda, en Alameda,  diciéndole  a los estudiantes  que no cejen, que sigan luchando, porque “Podrán cortas todas las flores, pero no podrán detener la primavera”

domingo, 15 de abril de 2012



EL MAESTRO OSVALDO PUGLIESE
        A mi viejo, y a todos aquellos que generosamente me contaron la historia.

La ciudad se desperezaba lenta y desganadamente después de haber transcurrido una navidad porteña con garúa y humedad donde el termómetro había tocado casi los treinta y ocho grados. Era las ocho de la noche del 26 de diciembre de 1985 y el gran teatro viviría un jueves insólito. El público se agolpaba con algarabía en la entrada de la calle Libertad y era tarea imposible para los viejos ordenanzas pretender poner orden  al caos alegre y bullanguero, mas propicio al ingreso a un estadio de fútbol que a una sala teatral.  De a poco se abrieron las grandes puertas y la gente lentamente comenzó a entrar. En el instante mismo de encontrarse frente a las butacas de pana roja, bajo la gran araña de múltiples y destellantes caireles, rodeados de palcos de barrocas molduras y ante la mullida e interminable alfombra, la multitud se hizo silencio, un silencio respetuoso y atónito, propio de aquel que transita sorprendido a través de la magnificencia de una gran catedral. El monocorde murmullo del público acallo en el preciso instante que se abrieron los grandes telones. Sobre el escenario dispuesto para las orquestas sinfónicas, solo había nueve atriles y un piano de cola con un clavel rojo sobre el teclado. Primero ingresaron los bandoneones, luego los violines y por último el contrabajo. Finalmente, desde el costado izquierdo, apareció en la escena caminando despacio, casi tímidamente, un pequeño hombrecito escondido detrás de unos grandes anteojos. Y en ese preciso instante, la gente enloqueció, se puso de pié y empezó a aplaudir gritando ¡Al Colón!, ¡Al Colón!, y el hombrecito hizo una pequeña reverencia, se desplazó hacía el piano, se sentó despaciosamente, por un instante miró fijamente el clavel rojo, levantó la tapa del teclado, giró su cabeza y señaló con su mano derecha a la orquesta y a partir de ese exacto gesto mágico se comenzaron a escuchar, solemnes como un himno, los primeros acordes de La Yumba. A más de uno, grande y valentón, se le llenaron los ojos de lágrimas. El tango popular, canyengue y arrabalero había entrado al Teatro Colón, de la mano, con la música y con el corazón del maestro Osvaldo Pugliese.
Osvaldo Pugliese fue algo más que un inspirado compositor, un excelente intérprete del piano o un delicado director. Fue como Aníbal Troilo y como Alfredo Gobbi, el tango mismo. Lo tenía adentro, le afloraba en la piel, lo traía en la sangre. Lo vivió en su casa, en la calle, en el barrio hecho de barro y Maldonado. En los conjuntos que integró de pibe, en el Café de la Chancha, donde aprendió a ganarse el mango a los catorce años. Después amasó su particular estilo en las milongas de los clubes de barrio, y allí, mamando lo popular, se hizo querido.
Si hay un merito personal en Osvaldo Pugliese, es el de la coherencia: fue un comunista en todos y cada uno de los actos de su vida. El decía que la ideología era una pilcha que había que usarla todos los días. Su orquesta era una cooperativa, y la creación musical -mas allá de su autoría- , él la entendía como un logro colectivo, social e integrativo.  Era por sobre todas las cosas, un tipo  solidario y generoso, aún en las condiciones mas adversas.
Recuerda Oscar “Cacho “Herrero, uno de los violinistas: “Osvaldo nunca aflojaba, hasta creo que se ponía contento cuando iba en cana porque adentro lo mimaban todos: los presos y los compañeros del partido. En esos momentos, nosotros desde afuera, lo bancábamos a muerte”
La cooperativa, la orquesta del maestro Osvaldo Pugliese, nunca dejó de actuar. Nos cuenta Ismael Spitalnik, bandoneonísta, “Debuté el año en que acostumbrábamos a poner un clavel rojo arriba del piano. Era la época en que Pugliese estaba preso. Los primeros años de la orquesta fueron muy duros. En el 57 casi no tocó el piano. En las presentaciones había un reemplazante”
Hay ciertas cosas que suceden en la vida de un hombre  que le imprimen una marca indeleble. Julián Plaza, bandoneón virtuoso, es definitorio cuando nos dice que: “La Yumba es la expresión total del maestro. Le pertenece en su totalidad, inclusive el arreglo. Creo que, si bien ya tenía éxitos en su haber, ese tango es el modelo de su escuela. Esa obra concentró toda la creatividad de Osvaldo y lo lanzó al camino del verdadero Pugliese”
Una nochecita don Osvaldo se las tomó. Dijo: “Muchachos, yo llegué hasta aquí, ahora sigan ustedes”. Alguna vez lo había anunciado. La cosa tenía que ser así, y fue...No hubo drama. Recién estaba por cumplir los 90 años. Se fue empilchado como para una milonga. Encanutado en el traje gris con el clavel rojo en el ojal. Flaco y miope como siempre.
Pero como ya dijimos, la orquesta nunca dejó de tocar.  Aún hoy, en cada madrugada, en la esquina de Corrientes y Sacalabrini Ortiz, se escuchan los tres golpecitos del maestro sobre el piano que dan comienzo a los acordes de bandoneones y violines. Y en ese preciso instante, Villa Crespo se vuelve tango y memoria, y en fondo de la avenida ancha, el Obelisco lagrimea.   
                                                   J. R.         

miércoles, 6 de julio de 2011

JUANA AZURDUY

Juana nació en 1780, y en ese mismo año, Túpac Amaru lanzaba su revolución indígena que casi liquida al conquistador español. Juana nació cuando desde el fondo de la Pacha Mama se rebelaba la historia, y ello seguramente marcó el derrotero de su vida.

El destino de esta mujer, cuyo retrato hoy forma parte -junto a las inolvidables heroínas de la patria-, del emblemático Salón de las Mujeres del Bicentenario, resulta imposible escindirlo de la gesta del prócer americano Manuel Ascencio Padilla, su compañero de toda la vida. Ambos son los máximos exponentes de la libertad del Alto Perú y por ende de nuestra libertad como americanos. Eran oriundos de Chuquisaca, también llamada Charcas, sede de la Universidad donde estudiaron y conspiraron entre otros, Mariano Moreno, Juan José Castelli y Bernardo de Monteagudo, y fue precisamente Castelli quién como jefe del Ejercito del Norte estableció la jefatura de su cuartel en casa de los Padilla, y también Moreno, joven abogado de indios pobres y perseguidos, quién brevó en tertulia con Juana y Manuel las ideas de la emancipación americana.

Juana Azurduy es el pueblo en armas, o mejor dicho, es el indiscutible ejemplo de las mujeres del pueblo en armas que pelean junto a los hombres, igual o mejor que ellos, y que llegado el caso los conducen valerosamente en la lucha.

Juana y Manuel pertenecen a esa clase de mujeres y hombres que armados con hondas, macanas, lanzas, boleadoras y rústicos sables, al grito de Viva la Patria destruyen a fuerza de coraje y fiereza ejércitos completos superiores en número y armamento. La pluma de un cronista de la época nos relata que, “Juana avanzaba casi en línea recta, rodeada de sus feroces amazonas descargando su sable a diestra y siniestra, matando e hiriendo. Cuando llego a donde quería llegar, junto al abanderado de las fuerzas enemigas, sudorosa y sangrante lo atravesó con un vigoroso envión de su sable, lo derribo de su caballo y estirándose hacia el suelo aferrada del pomo de su montura conquistó la enseña del reino de España que llevaba los lauros de los triunfos realistas en Puno, Cuzco, Arequipa y La Paz”

Es esa madre de cinco hijos, la que por expreso pedido de Manuel Belgrano, y en recompensa a su valor en la denodada defensa de la libertad, es nombrada en pleno combate Teniente Coronel del ejército argentino

Sin embargo, la historia oficial argentina prefirió olvidar a los gloriosos revolucionarios del Alto Perú. Dos son las razones de la amnesia, la primera que el Alto Perú decidió –lograda su independencia en 1825-, independizarse no solo de España, sino también de Buenos Aires, pasando a llamarse Bolívar primero y Bolivia después; la segunda, que la guerra del Alto Perú fue esencialmente una guerra de indios, de caudillos, de gauchos, de los patriotas de a caballo, una guerra popular, una guerra de guerrillas donde los grados solo se median por el merecido respeto de los semejantes y la valentía demostrada en el campo de batalla. Manuel Ascencio Padilla fue designado Coronel del Ejército del Norte cuando su cabeza estaba ya clavada en una pica. Revindicar la memoria histórica, es nombrar lo innombrable, es reconocer la lucha de los pobres, es reconocer que los indios, los negros, los esclavos, los mestizos lucharon con tenacidad y desprendimiento en la conquista de la libertad. Solo cuenta la historia que se cuenta, la historia blanca, la de los lustrosos uniformes y los emplumados penachos.

En este marco de ingratitud se evidencia el desapego caído sobre nuestros revolucionarios, sobre aquellos que nos dieron la libertad y produjeron una de las más grandes revoluciones del mundo occidental del siglo XIX. No es de extrañar que Juana Azurduy, “Juana de América” – en un continente que hizo de la resistencia su identidad-, terminara sus días como una desdichada mendiga viviendo olvidada en una mísera tapera de paja en las calles de los arrabales de su querida Chuquisaca.